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La misa ha terminado, de Álvarez Gardeazábal

 

 

Por: Carmiña Navia Velasco - Publicado el 19 de enero de 2014

 

 

 

La última novela de Álvarez Gardeazabal según Carmiña Navia Velasco


Con este nombre alusivo al final tradicional de la misa católica, Gustavo Álvarez Gardeazábal titula una ficción en la que da por terminada simbólicamente la vida de esta iglesia. Con ese Ite missa est, se nos quiere llevar como lectores a un tiempo ya pasado pero absolutamente presente en sus consecuencias en tantas y tantas vidas de colombianos y colombianas.

 

 Uno de los aspectos más interesantes de la novela -quizás el más- es la introducción del autor en la historia, lo que convierte al mismo proceso narrativo enprotagonista del discurso. Mediante dos estrategias esta función se hace presente. La primera de ellas: sus propias reflexiones en las que el novelista justifica su acción e introduce valoraciones sobre distintos aspectos de la sociedad y la cultura. La segunda a través de las cartas escritas al novelista por el presbítero Efraín en las que intenta disuadirlo de escribir esta novela que cataloga como herética.

 Las intervenciones del narrador (autor en la ficción), resultan iluminadoras y pretenden dar pistas a los lectores sobre por dónde van las intenciones del escritor. En ellas se critica la castración y negación hipócrita del placer por parte de los curas católicos; se critica la sociedad actual como una sociedad del espectáculo (generación de los dedos pulgares, en alusión a los celulares-computadores) y se insiste en la necesidad de la memoria:

En este país si uno quiere que las cosas se olviden, hay que meterlas dentro de un libro. Es el temor que me embarga si sigo escribiendo esta novela. Que todo lo que estoy contando aquí se olvide. Que lleguen los críticos literarios y no la volteen a mirar porque esta es la novela de un hombre viejo. Que los pocos lectores que tenga (porque la voy a regalar entre mis amigos), consideren que todo fue una invención de mi parte, que Buga nunca ha tenido ni podrá tener cardenal…

El narrador no quiere que los desmanes de la educación católica en materia sexual se pierdan en el olvido.

 Las cartas del cura en cambio resultan un poco insulsas, con una insistencia manida en la necesidad ética de no contribuir a la crisis social con una novela que ataque uno de los pilares tradicionales de nuestra formación: la iglesia. A mi juicio se desperdicia la posibilidad de un debate socio-religioso más profundo.

Estas reflexiones del narrador enmarcan un accionar desde el que se intenta desplegar la vida interna de la iglesia: sus seminarios, sus curas, sus oficinas vaticanas, la vida íntima de sus obispos y cardenales. Como el mismo narrador concluye al final: lo que quiso ser únicamente una denuncia terminó por ser una historia de amor. De esta manera la novela puede ser leída como un canto al amor gay, a sus dificultades, posibilidades, condicionantes y excesos… de manera especial a sus dolorosos caminos en medio de un mundo que lo condena y lo arroja a los márgenes una y otra vez. En este eje hallamos sus mayores aciertos y debilidades:

Fue imposible Padre Efraín. No me pudo convencer. He terminado esta novela y lo que creía iba a ser una diatriba contra la iglesia y la corrompisiña que tantas veces le he dicho a usted que se carcome su institución, ha terminado convertida en una dolorosa historia de amor. 

Gardeazábal consigue una mirada lúcida y profunda sobre los intrincados caminos de la afectividad humana, entre otras cosas porque la aborda al interior de un colectivo que se supone la ha ignorado, negado y reprimido por siglos en las sociedades occidentales. La afectividad como pivote del desarrollo personal: sus inmensas potencialidades para la felicidad, sus límites en la pasión que anuda, esclaviza y a veces enloquece. Sus avatares en medio de instituciones y personas de doble moral que hacen de la hipocresía el norte de sus vidas.

En mi perspectiva, aquí encontramos también la mayor debilidad de la obra: Un personaje como La Ternera, a pesar de su intención caricaturesca resulta poco creíble y su centralidad en el relato a veces genera un cierto flaqueo.

La narración avanza al mismo tiempo hacia la resolución de los conflictos amorosos que se han ido creando y hacia una propuesta muy clara: La institución eclesial se autodestruirá porque no logra controlar a los miembros sobre cuyas espaldas está sostenida: los clérigos. Como en la mayoría de los relatos colombianos y latinoamericanos hay un nivel en el que la verdad histórica pretende fusionarse con la ficción novelística.

De esta manera entonces las figuras de los tres o cuatro últimos Papas del catolicismo aparecen con todos los rasgos históricos que las caracterizan. Tres de ellos, además con sus verdaderos nombres y realizaciones históricas: Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Alusiones directas también a Juan XXIII y Pablo VI, a los que se les acusa de haber torcido los destinos eclesiales, especialmente al primero. Al actual Papa en cambio se le intenta disfrazar aunque sin mucha fuerza: quedan claros algunos de sus rasgos: Jesuita, vocación de reformador y salvador de la iglesia. Su llegada al trono de Pedro causa una conmoción que alcanza a todo el orbe católico en aquellos que manejan los hilos del poder para su propio beneficio.

La obra de Álvarez Gardeazábal deja ver a mi juicio un profundo desprecio y resentimiento por esta institución en la que no se rescata nada positivo y se silencian totalmente las vidas de muchos creyentes que decididamente han prestado un servicio a la humanidad. No es su focalización, claro, pero también es cierto que se percibe un tufo de obvia venganza reiterada permanentemente por el narrador, entendible por otra parte en un país en el que esta iglesia no solo ha pretendido controlar las conciencias sino que ha intervenido permanentemente en la política y en la sociedad queriendo conservadurizar todos los procesos: desde las guerras y las leyes, hasta los amores y las alcobas.

Con el asombro que en Occidente ha generado el papa Francisco y con los debates que en el país ha generado y genera el monseñor procurador, es claro que esta ficción, insertada en la historia de Colombia y en la actualidad eclesial, da en el clavo de muchos hechos y posibilitará mirar las cosas desde un ángulo nuevo. Es deseable entonces que más allá del posible escándalo que pueda desatar, escándalo que a su autor lejos de molestarle le satisface, se abra una discusión que logre ir más allá de lo aparente y nos confronte con nuestras prácticas y costumbres ciegas tantas veces. Solo en esta medida podremos hablar de un aporte del autor a nuestra identidad como sociedad y como país.

 
 

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