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'La misa ha terminado'

 

 

Publicado el 12 de enero de 2014 - 22:34

 

 

 

En exclusiva, EL TABLOIDE presenta uno de los capítulos del próximo libro del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, "La misa ha terminado", que será lanzado este 1 de febrero en un acto especial a realizarse en Cartagena.

 

CAPITULO 29

Rogelio Briceño tenía más intenciones de asomarse por entre el abovedado de la casa de su tío al convento de Las Conchitas para ver alguna de las monjas desnudas que la de quedarse en la bodega parqueadero de Romilio a contemplar desde la ventana de su pieza cómo se bañaban los camioneros en las duchas colectivas que el Briceño les había hecho para estarlos revisando con su mirada libidinosa desde su alcoba-mirador. La oportunidad se la brindó la cocinera de la mujer de su tío.

 

Como ninguna de las tres empleadas del servicio eran capaces de hacer muchas reparaciones caseras o de subirse a una escalera o de treparse al zarzo a buscar en el rebrujo lo que acumulaban cerca del olvido, y el muchacho terminó por ser quien no se arrugaba para nada que le tocara, Rogelio se subió alguna vez al zarzo a buscarle ahí alguna máquina de moler vieja a la empleada de la cocina y descubrió que los techos de esas casas vetustas estaban intercomunicados. Debieron habérsele alumbrado los ojitos azules que contrastaban con sus cachetes mofletudos. Como la puerta del abovedado estaba en el cuarto que le dieron para dormir, simplemente dejó al descuido la escalera allí y cuando las monjitas terminaban los maitines y volvían a sus camas, Rogelio se trepaba para tratar de verlas desnudarse. El intento lo hizo muchas veces, hasta que un día, por el rotico que abrió en el cielorraso del convento, pudo ver a una de ellas, a la más jovencita de las postulantas apunto de quitarse hasta sus calzoncitos. Esas mujeres que preferían la clausura y jugaban a encerrarse toda la vida en el convento, eran tan mujeres como cualquiera de las que se quedaban afuera. Pero como no se ponían nunca al sol, les faltaba todo pigmento, así fueran tan jovencitas como la que vio esa noche, vestida apenas con paños menores. Debía tener un poco más de veinte años, menudita pero no estilizada, menos que bien proporcionada. Tenía porte de gallina carioca y aunque no se la podía observar sino desde arriba, porque el hueco que había hecho Rogelio en el cielorraso no era muy grande, fue suficiente para perturbarle hasta en lo más íntimo de su adolescencia. Fue algo impactante lo que sintió pierna arriba. Tanto que no pudo describirlo el día que le contó al cura salesiano que lo confesó para el primer viernes de mes. Pero lo que si le dijo era que por fin había conocido lo que quería. Y como eso era pecado y el pecado carcomía a las almas y las almas pecadoras se iban para el infierno si morían lejos de la gracia de Dios, le pareció que era mejor acusarlo en el confesionario.

 

El regaño del cura fue tan monumental como la penitencia. Lo puso a rezar todos los días durante un mes seguido tres credos y diez padrenuestros y como él no se los sabía y las ganas no se le mermaban de volver a ver a la monjita desnuda, no rezó ninguna penitencia y dejó que se le trepara a las entrañas de las casas el deseo incontenible de parapetarse entre las vigas llenas de arañas y bichos para volverse a asomar por el huequito.

 

Pero se le olvidó un detalle. El cura salesiano que lo confesó era un moralista de siete cuños y lo primero que hizo cuando salió del confesionario fue averiguar cuál de los alumnos del colegio vivía enseguida de donde Las Conchitas. Después, como siguiendo un cartabón, ir a visitar a la madre priora y contarle las travesuras del vecino. Probablemente le parecía que si lo hacía evitaba que un alma joven estuviera con la tentación de hacer algo más y como lo más terrible podía suceder, evitarlo.


Tomado de : http://www.eltabloide.com.co